11 nov 2013

El 'desexilio'

En situaciones como ésta, el ser humano tiende a menudo a ser esquemático, intolerante, egoísta. Cuanto más le ha costado atravesar el puente de la duda para llegar a una decisión compleja, más rotundo suele ser con quienes todavía vacilan. Y, sin embargo, ningún exiliado tiene el derecho a resolver por otros, y mucho menos a levantar el dedo admonitorio contra quienes han elegido una solución que tal vez él mismo ha desechado tras varios concurridos insomnios. La nostalgia suele ser un rasgo determinante del exilio, pero no debe descartarse que la contranostalgia lo sea del desexilio. Así como la patria no es una bandera ni un himno, sino la suma aproximada de nuestras infancias, nuestros cielos, nuestros amigos, nuestros maestros, nuestros amores, nuestras calles, nuestras cocinas, nuestras canciones, nuestros libros, nuestro lenguaje y nuestro sol, así también el país (y sobre todo el pueblo) que nos acoge nos va contagiando fervores, odios, hábitos, palabras, gestos, paisajes, tradiciones, rebeldías, y llega un momento (más aún si el exilio no prolonga) en que nos convertimos en un modesto empalme de culturas, de presencias, de sueños. Junto con una concreta esperanza de regreso, junto con la sensación inequívoca de que la vieja nostalgia se hace noción de patria, puede que vislumbremos que el sitio será ocupado por la contranostalgia, o sea, la nostalgia de lo que hoy tenemos y vamos a dejar: la curiosa nostalgia del exilio en plena patria.
Y si no debemos sentirnos culpables por todo lo que recordamos y trajimos con nosotros, así fueran miedos, decepciones, frustraciones, derrota, tampoco debemos avergonzarnos de los recuerdos que hoy estamos construyendo, y que si un día o una noche nos vamos, integrarán nuestra mochila. Aunque se llamen soledades, consuelo, incomprensión, solidaridad, amagos de xenofobia y otros esperpentos y difrutes. No hay que desperdiciar ni malograr las ocasiones de entender el mundo, esa sublime madriguera.
Quizá volvamos (los que volvamos) fatigados, más viejos; quizá también estén más viejos, aunque con otra fatiga, los que allá encontremos y reencontremos, pero estoy seguro de que la reunión nos rejuvenecerá a todos y mutuamente nos rehabilitará para el trecho que a cada uno le reste. Ese es, después de todo, el destino del hombre (y de la mujer), no sólo del exiliado o la exiliada. Es gracias a ese tira y afloja entre lo que se añora y lo que se obtiene, es gracias a esa compensación inacabable, que nuestra memoria y nuestra vida se enriquecen, y nuestra muerte (ese exilio sin retorno ni desexilio) no tiene más remedio que otorgarnos nuevas y fecundas moratorias.


Mario Benedetti.

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